Comparte en tus redes

Encontró el lápiz labial debajo de la mesa de noche. Claro, como ya no se barre todos los días, pensó.

Le dio alegría verlo. Ya son más de tres años sin salir, después que la pandemia se tomara prácticamente todo, incluyendo a varios de sus vecinos, amigos y sus pocos familiares.

Corrió las cortinas de su pequeña ventana y observó a los repartidores oficiales, los que cada quince días les llevan las casuvi (cajas de Supervivencia) a más de la mitad de la ciudad. Aunque ella vive en lo que antes fuera un buen lugar, la calle de La Magdalena, ahora es necesaria esta ayuda para sobrevivir. Y en cada entrega, la casuvi se torna más magra; la de hoy no trae embutidos ni conservas, ni siquiera el medio litro de vino barato y los 200 gramos de queso madurado que la hacían soñar con tiempos mejores. Nada. Lo básico para no morir de hambre, así fue la negociación de los políticos con el gobierno cuando creyeron que lo mejor eran las cajas de comida que el peligro de salir a trabajar.

Hasta hace seis meses ella trabajó, desde su casa, en una compañía de alimentos refrigerados que se fue a la quiebra cuando sus productos no fueron de los elegidos para las casuvi.

Ahora observa que en la acera solamente quedan algunos árboles demasiado crecidos y sin podar, de vez en cuando perros callejeros y ese olor a andén poco pisado que tanto le molesta.

-Ya no es divertido todo esto, dice en voz alta.

De esa caja come lo indispensable, cada vez menos. Tiene pereza de cocinar y piensa que si casi ni gasta energía ¿entonces para qué? 38 meses de encierro dejan profundas huellas en todo su semblante y en los disminuidos músculos que poco mueve.

Con su pijama “de por las mañanas” camina hasta el patio buscando la luz del sol para observar el color del lápiz labial encontrado. Con una mano lo alza a contraluz, luego hacia un lado, saca la mitad de su barra y asiente. Es el mismo. Una inevitable sonrisa se dibuja en su rostro.

Toma el celular para buscar entre sus archivos una fotografía –autorretrato- de ella en La Gran Vía, cuando caminaba 25 minutos hasta esa avenida con su traje negro de las compras elegantes y sus labios “rojo Madrid” como ella decía de sí misma cuando utilizaba el labial.

Y observó la vida en la foto de ese domingo. Los autos, las personas, el letrero del lugar donde solía desayunar, la calle… Guardó el inservible celular con rapidez en el bolsillo de la levantadora y se sentó.

Una bocanada enorme de recuerdos llegó hasta ella con nombres y rostros, risas, copas y bocas moviéndose; no era posible siquiera llamarlos porque no existían las líneas celulares ni nada audiovisual, a duras penas un internet muy lento que se apagó definitivamente hace tres meses.

El sonido de la lluvia sobre la pérgola la hizo levantar los ojos y observar las gotas distorsionadas en el plástico rodando hasta las vigas ¿Llorando? No. Eso no. Se levantó de prisa hacia el baño y se observó en el espejo. Con mucho cuidado delineó y rellenó sus labios con el lápiz.

Ahora si estaba lista para la tal visita de la Sanidad Municipal donde analizarán si ella es o no candidata “de sobrevivencia” o si, por el contrario, no reúne las condiciones de salud, edad y preexistencias mínimas para seguir viviendo.

¿Y qué? Cualquiera que fuese el resultado ya no le importaba. Tomó su abrigo, se calzó unos tenis y salió a las calles para caminar y caminar hasta donde fuese posible, hasta El Retiro, la M30 o el aeropuerto o quién sabe hasta dónde le darían sus fuerzas. En la esquina botó las llaves y todo su pasado de una buena vez.

Cinco años después de estos hechos, al inspeccionar con drones la destruida Gran Vía madrileña, se halló un papel grueso y desvencijado, a la altura del número 44 en lo que fue un hostal, donde puede leerse: “A la memoria de Imelda y su boca Rojo Madrid” con una gran línea roja.

Ana Milena Puerta: caleña, comunicadora, conversadora y escritora de poemas, cuentos y recetas de cocina. Amante de la literatura, la cultura ciudadana y el mar. Coleccionista de atardeceres, aves en vuelo y charlas interminables.