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Por Oscar Seidel*. Erozione idraulica. El puerto fluvial de Barbacoas tuvo fuerte afluencia de inmigrantes europeos en el siglo XIX; quienes atraídos por la riqueza aurífera del río Telembí, llegaron a forjar un patrimonio económico, sólido como el oro de 18 quilates que extraían de sus minas.

Se destacaron las familias italianas: Escruceri Andreotti, Rosasco Dallorso, Manosalva, Valente, Manzi Gallo, Solari y Cosanostra. Estos empresarios del precioso metal hacían sus exportaciones de lingotes por los puertos de Iscuandé y Tumaco. Con el correr del tiempo, entablaron buenas relaciones con las familias Márques y Benítez, cuyos antepasados habían nacido en Barbacoas, y quienes debido al auge comercial que tenía el puerto marítimo decidieron trasladarse de la selva al mar. Fue así como se dio la segunda ola inmigratoria de los italianos, quienes lograron abrir casas comerciales de fuertes nexos con Europa.

Pero no todos los ascendientes de italianos quisieron dedicarse al comercio, y más bien, algunos jóvenes sugirieron a sus padres que los enviasen a estudiar al país de sus abuelos. Uno de estos jóvenes fue Giacomo Manosalva, quien se decidió por los estudios de medicina en la Universidad de Palermo, y viajó hasta ese puerto del mediterráneo en el buque El Durazzo, que cada tres meses viajaba de Tumaco hacia Europa.

En el año 1926, se propagó en Tumaco la pandemia del paludismo o malaria, enfermedad tropical que casi diezma la población nativa, ya que no existían médicos ni antibióticos en el pueblo, y el incipiente hospital no daba abasto para atender la epidemia. Aprovechando que Giacomo Manosalva ya había terminado sus estudios de medicina, debieron comunicarse con él a través del famoso telegrama Marconi, para que regresara de urgencia al puerto y ayudara con sus conocimientos a disminuir el flagelo.

Cierto día, estando en su consultorio el doctor Manosalva tuvo la visita de su prima Gina Cosanostra, quien manifestó que su problema no era la malaria, sino la disfunción eréctil de su marido, el boyacense Parmenio Siachoque, personaje del altiplano que había llegado al puerto como auditor de la Aduana Nacional. Confesó Gina Cosanostra que, su marido echaba la culpa de su caída sexual al fuerte calor y al abundante espagueti que comían todos los días. No demoró mucho la consulta, puesto que el médico recetó a la prima que suministrara al marido todos los días un vaso de agua antes de acostarse, y eso sería santo remedio de La Madonna, puesto que la “preziosa” se pondría erguida como un riel del ferrocarril de Nariño. Terminó recomendando mucho juicio, y que al día siguiente le informara el resultado del tratamiento.

Amaneció. Muchos estaban esperando que hubiese noticias positivas, dado que el pueblo entero estaba enterado de la receta formulada. A eso de las nueve de la mañana, y en vista de que Gina Cosanostra no se presentó al consultorio del médico Manosalva, éste decidió ir hasta su casa. Cuando arribó al domicilio, encontró al par de esposos trasnochados y compungidos. No tardó el médico en preguntar qué había pasado. Ella tuvo que narrar que la noche anterior, tratando de asegurar una buena faena conyugal, había dado de beber a Parmenio una jarra completa de agua, y no el vaso de agua formulado, y como consecuencia, él no había tenido erección alguna, por estar orinando en el baño hasta el amanecer.

La noticia se propagó muy rápido por el puerto. Los tres personajes fueron la burla de toda la comunidad, y sus enemigos ingleses repartieron un panfleto que los involucraban con la invención de la falsa “erozione idraulica”. Para evitar el escarnio público, las dos familias decidieron irse a vivir a Italia. En la primera oportunidad que se presentó, emprendieron la tercera ola inmigratoria italiana, en el buque El Cérigo, que por esos días estaba anclado en la bahía.

La nacional è stata salvata. Era una opípara fiesta, tal como acostumbraban los italianos a celebrar el fin de año en Tumaco. De un momento a otro, Bruno – el primo camorrero – cayó de bruces al suelo, y se armó la algarabía. Yo, Salvatore, estaba mirando el mar por la ventana, puesto que la fiesta era de los mayores. Mi hermano Giacomo -quien cursaba tercer semestre de medicina en la Universidad Nacional- también estaba ausente revisando el libro de Anatomía que iba a utilizar en el próximo periodo.

Algunos alarmados comentaron que Bruno ingirió demasiada lasaña con salsa blanca y leche entera, y raviolis de requesón con tomate seco; otros de la familia especularon que era un cólico miserere o un vahído, producto de haber ingerido un vino añejo Vigna la Miccia de la Sicilia, y los más audaces se atrevieron a vaticinar que el primo se estaba haciendo el muerto para que las chicas se le acercaran.

Como el primo no despertaba, mi padre me alcanzó a ver recostado en la ventana, y gritó: “Salvatore ve a llamar a Giacomo, para que atienda esa masa informe tirada en el suelo”.

Quería además mi padre comprobar qué tanto mi hermano había aprendido en la universidad, y si la plata invertida en los estudios no era en vano. De manera diligente mi hermano se caló las gafas con lentes de aumento, se colgó el estetoscopio que mis padres le habían regalado de Navidad, y con toda la solemnidad de un galeno se puso a revisar al paciente. Le tomó la presión arterial y estaba bien, le dio algunos masajes al corazón y alcanzó a escuchar unos latidos, pero Bruno no despertaba…

La tensión empezó a aumentar en la fiesta; mi padre ya estaba desanimado porque Giacomo no reanimaba a Bruno, cuando el prospecto de médico se iluminó e hizo voltear el cuerpo, le hundió el estómago con las dos manos, y de manera inmediata se escuchó “un fuerte pedo con olor a mozzarella”. Mío caro tío Francesco que estaba pendiente de la experticia de mi hermano, como buen abogado que era, además de poseer un humor mordaz, sólo atinó a exclamar “Se salvó La Nacional”.

La fiesta continuó en medio de música napolitana, especialmente La Dona e Mobile y Funiculi Funiculà; gritaron fuertes vivas a Giacomo por el milagro realizado, y jamás volví a ver tan contento a mi padre como aquel fin de año.

Pieno Di Scarafaggi. La primera vez que el doctor Michael escuchó que su joven primo Benito estaba “lleno de cucarachas” fue en una reunión familiar de los Malatesta. Todos en la casa eran de ideas liberales, no comulgaban con los sermones de los curas, aborrecían la santa inquisición de los godos, y estaban alejados de las ideas fascistas del Duce Mussolini. Formaban parte de esa generación de jóvenes con ancestro italiano, que llegaron al Pacifico nariñense entre 1925 y 1970, unos a ejercer su profesión, y otros a manejar el negocio de la madera, con apellidos como Bernardi, Bornacelli, Montini, Minervini, Natale y Maglioni.

El refinado Benito había estudiado en el colegio de los jesuitas en Pasto, y su formación casi rayaba entre lo divino y lo perfecto. Para él no había suplicio mayor que su mamá lo llevara a pasar la Semana Santa a la finca de Bocagrande, pues no soportaba la falta de cultura del tío Gabriel, quien con dos tragos incorporados le daba por hablar de billar, y echarles vivas al partido liberal. Tampoco toleraba que se comentara sobre la pedofilia de los curas, y su costumbre de desayunar con “pollo sudado”.

El doctor Michael quien hizo sus estudios de Medicina en Guayaquil, quedó intrigado por el supuesto problema de su joven primo, y sin preguntar nada ni consultar con alguien de los Malatesta quiso sanarlo por el lado clínico, y no por el aspecto sociológico. Empezó investigando el área de la infectología, para ver si era compatible que una cucaracha viviera dentro del organismo humano sin causarle daño. Encontró que los áscaris se reproducían al interior del intestino, y que fácilmente podían vivir mucho tiempo, pero que al final causaban enfermedades parasitarias leves como anemia, y prurito anal.

Leyó libros de farmacología clínica para diagnosticar si podía darle porciones mínimas de Bórax mezcladas con agua de coco, puesto que dadas sus propiedades diuréticas le harían expulsar todos los bichos. Pero desistió de tratarlo de esa manera, porque el boticario local le aconsejó que le pudiera generar retortijones, ahogo, y secar el estómago, y allí si sería peor.

Esta inquietud de sacar las cucarachas también le fue consultada por el doctor Michael al pariente Samuel, músico de oído, quien dio una recomendación genial: “Pongamos a Benito cerca de un equipo de música, le hacemos sonar al lado de la barriga el disco de rock and roll de los años 50 de Elvis Presley, puesto que las vibraciones de las guitarras eléctricas imprimen histeria en los seres vivos, y ésta hará salir en estampida a las cucarachas”. Sin embargo, desecharon esta receta, porque en el único almacén de discos de Tumaco no encontraron existencias de este género musical, sólo había música antillana a la “tutti plen”.

Desesperado el doctor Michael por no encontrar remedio alguno, decidió consultar la última opción con el tío Francesco, quien era un abogado izquierdoso de la Universidad de Nariño. Éste le aconsejó que no “perdiera su tiempo” tratando de sanarlo por el lado clínico, dado que la solución era enviar a estudiar al refinado Benito a Bogotá, y que en cinco años verían cómo se le habían ido las cucarachas de la cabeza.

Toda la familia se puso de acuerdo. Los padres de Benito, cansados de su rigidez mental, decidieron que el hijo tenía que ser armónico con las ideas liberales, y lo matricularon en la facultad de Derecho de la Universidad Libre, cuyos postulados eran masónicos, pero, que ellos los desconocían. Al cabo del tiempo, regresó graduado de abogado al puerto, y en la reunión de bienvenida que le hicieron, se despachó con toda la doctrina Rosacrucista, explicando el significado de las columnas del templo de Salomón, la Cábala, y la expresión “entre escuadra y compás”. Habló, además, de los hijos de la viuda, sobre la vida de los grandes maestros grado 33, y que ojalá estuviera vivo el ex presidente Olaya Herrera para que arreglara este país de godos y bandoleros; lo que hizo espantar a todos los Malatesta de la reunión.

El tío Francesco, quien se había quedado libando vino con su hermano Gabriel y el doctor Michael, sólo vociferaba que habría sido mejor dejarle las cucarachas adentro de la cabeza del “iniciado” Benito, y no tener en la familia un personaje de estos que denigraba de su clásico espíritu liberal, y que había hecho pacto con Luzbel al cambiar el pensamiento jesuita por el de la masonería.

Foto de portada. Mariana Arias

*Oscar Seidel. La obra literaria de este escritor tumaqueño ha sido publicada en diferentes diarios. Tiene una columna de opinión en el periódico virtual PÁGINA10.COM de Pasto.